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A ansiedad Carrillo le gustó tu historia

Una tarde, con la vista hacia la luz. Una luz que nomás no me cae.
Foto tomada en la Ciudad de México el 15 de enero de 2026

Es lunes, apenas desperté me dispuse a salir de mi casa. Corrijo: del apartamento que rento, donde me aparto de todo cuanto aprendo, incluso. Pensaba en lo que me preguntó Laura (mi terapeuta) sobre si en mi lugar había entrada de luz natural, tal cosa nos resultó importante. Resulta que la luz hace que literalmente se iluminen las ideas. Era hora de salir un poco, era un día complicado, eran 10 minutos.

En fin. Salí y solo mirar arriba, vi una tarde nublada. Era excelente. Era suficiente.

Antes de irme, saqué la macetota que compramos en la verbena navideña de la Industrial, Jhoana y yo. Recién trasplantada, nuestra Micra —así bautizamos a la Monstera deliciosa, o costilla de Adán— supuestamente crecerá gigante (actualizo).

Yo decía que era demasiado grande para estos cuarenta metrotes cuadrados, pero me encariñé. Pesa como un niño de diez años y, una vez puesta a la luz (no directa), ya estaba listo para salir a caminar e iluminarme un poco.

Salí y tomé la foto. De inmediato apareció esa sensación: la de estar perdiendo el tiempo. No era momento de salir. Había muchas cosas que hacer, notas que revisar, controles que actualizar. “Luego por eso te faltan cosas, Alan, regrésate”, empezó a regañarme una conciencia castigadora. Vi el reloj: cinco minutos. No había nadie esperando el camión, el tráfico estaba más relajado, ya no era hora pico. Nadie sale a pasear a esta hora, Alan.

Compré el periódico que jamás termino de leer y que inevitablemente acaba en el sillón. Pasaron diez minutos y pensé: “Uy, no tengo efectivo, voy a sacar”. En ese trayecto me di cuenta de algo más raro: habían pasado dos días sin escuchar mi propia voz. No había hablado con nadie.

Fui al cajero y regresé a casa con una urgencia absurda, convencido y segurísimo de que me estaba perdiendo de cosas importantes. Pasé con Don Pollo. Era momento de interactuar. Lo saludé y pedí media pechuga. Diez minutos de espera, sus rolas viejitas de fondo y descubrir de que hasta para cortar pollo hay que tener gracia.

No sé cómo pasaron cuarenta minutos. Volví al departamento, puse el café y descubrí que aquello de lo que supuestamente me estaba perdiendo eran otros treinta minutos de reels. Tremendo lío. 

No puedo describir la vergüenza que me provoca esta confesión, pero al menos —pienso ahora— esta ansiedad tiene nombre y apellido, y como bonus, parece tener fecha de caducidad. Es lunes y terminó todo bien. 



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